viernes, 12 de mayo de 2017

CENTENARIO DE LAS APARICIONES DE FÁTIMA.

El Papa Francisco rezó ante Nuestra Señora en Fátima.

Una comitiva presidida por el Presidente de la República Portuguesa dió la bienvenida al Papa Francisco en la base aérea de Monte Real, donde a las 16.12 (hora local) aterrizó el avión del Pontífice.

En el aeropuerto, el Santo Padre mantuvo un encuentro privado con el Presidente de la República Portuguesa, Marcelo Rebelo de Sousa, y rezó brevemente en la capilla de la base aérea. 

Después el Papa Francisco viajó en helicóptero al Santuario de Fátima, donde cientos de miles de peregrinos le esperaban en un clima de gran entusiasmo.

El helicóptero aterrizó en estadio de la ciudad que lleva su nombre y de allí en el papamóvil hizo su ingreso a la explanada del Santuario tras saludar a las autoridades civiles de la ciudad y el obispo António Augusto dos Santos Marto.

Por las calles le esperaban miles de personas que le saludaban con emoción a su paso. Una vez en el santuario, cuya explanada contiene a unas 400 mil personas, el Papa presidió delante de la imagen de Nuestra Señora de Fátima, una larga oración leída en portugués, de la que reproducimos algunos párrafos.

En la corona de esta imagen está la munición del atentado que sufrió san Juan Pablo II, el 13 de mayo de 1981 en la plaza de San Pedro.

“Peregrino de la Paz que tú anuncias en este lugar, alabo a Cristo, nuestra paz,” –rezó el Papa– imploró para el mundo “la concordia entre todos los pueblos”.

El Santo Padre añadió: “Peregrino de la Esperanza que el Espíritu anima, vengo como profeta y mensajero para lavar los pies a todos, en torno a la misma mesa que nos une”. “Haz que sigamos el ejemplo de los beatos Francisco y Jacinta, y de todos los que se entregan al anuncio del Evangelio”.

“Muéstranos la fuerza de tu manto protector. En tu Corazón Inmaculado, sé el refugio de los pecadores y el camino que conduce a Dios. Unido a mis hermanos, en la Fe, la Esperanza y el Amor, me entrego a Ti. Unido a mis hermanos, por ti, me consagro a Dios, Oh Virgen del Rosario de Fátima”.

Al concluir el momento de oración, el Papa visiblemente emocionado depositó una Rosa de Oro a la Virgen de Fátima, e impartió su bendición final. De aquí fue la la Casa “Nossa Senhora do Carmo” donde se aloja.

LA MEDITACIÓN DE LAS ESCRITURAS.

Y AL DESPERTAR, EL ALMA SE UNE A DIOS

Para estos hombres experimentados, los buenos pensamientos que han mantenido en la noche, antes de dormir, están como personificados: Tú duermes, pero ellos velan, y al despertarte te vienen enseguida, están presentes en ti, ya lo hemos visto:

"Que el sueño te encuentre ocupada en pensamientos de la Escritura, que a tu despertar, venga a ti enseguida algún pasaje."

Es lo que Elredo escribe a su hermana, y también Guillermo en su "Carta de Oro”: "Atento a tu despertar, te volverá el fervor de la víspera".
¡Tanta importancia tiene la mente alimentada con buenos pensamientos! Y esto ha sido posible por la preparación remota. Casiano se preguntaba y se preocupaba por un gran problema que tenían los monjes: La distracción de la mente. La solución sin duda, está en la meditación asidua de la Escritura; el uso de las Escrituras en la oración litúrgica y privada ocupa un lugar preeminente.
Los monjes egipcios se aprendían de memoria los libros de la Biblia. San Antonio, que según dicen algunos, no sabía leer, meditó las Escrituras en la soledad: las sabía de oído al escucharlas y recitarlas en los textos litúrgicos.
Merton decía que: "Las palabras de la Escritura se dan al monje antes que nada para apartar las distracciones y los malos pensamientos, reemplazando estos por los buenos. Llegamos a las Escrituras en busca de esos pensamientos "ascendentes" que nos elevan a Dios contra la gravitación de las pasiones, en las cuales los pensamientos "descendentes", nos bajan hacia la tierra y aprietan las cadenas que mantienen el espíritu atado a la carne". Más aún, la meditación de las Escrituras lleva hasta la contemplación.

Santo Domingo de la Calzada, ermitaño.

Nació en la primera mitad del siglo XI, en la pequeña población de Viloria, en la región de Cantabria y no lejos de La Calzada.

Las primeras noticias de que disponemos sitúan al joven Domingo –en torno al año 1050– pidiendo una plaza en el monasterio de Valvanera, en la Rioja, por Nájera; no se le llegó a admitir. El pobre hombre lo volvió a intentar en otro monasterio; tampoco en el de San Millán de la Cogolla lo quisieron recibir aquellos buenos monjes. Quizá las razones que llevaron a los respectivos abades al negarle un puesto no fueron arbitrarias; posiblemente supusieron que aquel fuerte ejemplar humano solo intentaba escapar del trabajo del campo, o que buscaba solucionar su vida poniéndose al abrigo de los muros del monasterio, como parece ser que intentaban hacer una nube de mendigos; desde luego, no lo tenía fácil a la vista de su paupérrimo ajuar, de su indumentaria; no le ayudaba su majestuoso analfabetismo y, además, no llevaba aval de ningún tipo… bien parecía que se venían abajo de modo irremediable sus ansias de entrega completa a Dios.

Le quedó un último recurso. Por aquellos andurriales se conocía la existencia de un solitario; lo buscó, lo encontró, habló con él y lo dejó tan boquiabierto cuando conoció sus buenas disposiciones, que no solo lo admitió en su compañía, sino que le cedió su propia cabaña, y se prestó a instruirle en los usos y costumbres de la vida de anacoreta.

Ya preparado para la vida solitaria, se marchó a Bureba donde construyó su propia cabaña. Pasó allí cinco años, entre oraciones y penitencias, cultivando la tierra de los alrededores para alimentarse.

A la región llegó el obispo Gregorio de Ostia, predicando el Evangelio; Domingo se le enganchó como «paje para todo», llevado por su deseo de instrucción y perfección. Cuando muere el santo obispo, retorna a Bureba, pero con nuevos ideales y más amplios horizontes: ahora pretende dedicarse a proporcionar un apoyo a los numerosos peregrinos hacia Santiago para venerar los reliquias del Apóstol. El lugar es tránsito obligado, hacen falta sitios para descanso en la fatiga, que sirva también para defensa de los muchos peligros, y para curar a los enfermos. Eso lo entendió como un postulado de la caridad.

Sin abandonar la oración ni la penitencia, se puso mano a la obra como peón, constructor y organizador al tiempo que, con una actividad increíble, atendía a los pobres y desamparados en un alarde de caridad, protegido por los reyes Alfonso VI y VII. Hacía falta roturar campos, nivelar terraplenes, plantar árboles, levantar un hospital, hacer refugios, poner en buen estado una antigua calzada romana, levantar un puente sobre el río Oja y oratorios que se fueron haciendo insuficientes y terminaron en una iglesia dedicada al Salvador, que a su vez se convertirá en catedral en el 1180, sede del obispo de Calahorra, donde se conservan sus restos. Claro está que aquello suscita un inevitable movimiento de gente; cada proyecto pide más mano de obra y así, sin pretenderlo demasiado, va formándose un núcleo de población que será el comienzo de Santo Domingo de la Calzada actual.

Murió el 12 de mayo de 1109, después de haber servido a multitud de peregrinos como guía o médico, dando a todos consuelo y ayuda. Su figura ha quedado para la posteridad aureolada de gran fama y acompañada de la memoria de favores sin cuento, recogidos en la Vita que está escrita en un antiguo leccionario asturiano y reproducido íntegro en el Acta Sanctorum de los Bolandistas.

No podían faltar los imaginativos –y en este caso hispanos– aditamentos a su figura, que sirven para alegrarla y quizá humanizarla aún más, aunque escapen a la comprobación de la historia.

Dicen que cierto día pidió prestados a un paisano unos bueyes para arrastrar unos troncos; aquel hombre, que no tenía fe y quería reírse de Domingo, le puso como condición que fuera él mismo a recogerlos, pero pensando en ofrecerle unos toros bravos. ¿Sabes que trabajó con ellos toda la jornada como si de verdad fueran bueyes, y que se convirtió aquel desaprensivo campesino?

El más notable de los hechos prodigiosos –incorporado a la iconografía del santo– se cuenta que sucedió con una familia que peregrinaba a Santiago. El relato afirma que se trataba de un matrimonio con su hijo joven. La criada de la posada donde pernoctaban intentó provocar al mozo y obtuvo de él una rotunda negativa. Desairada, puso una copa en las alforjas del chico para tramar su venganza, acusándolo de ladrón. El joven terminó en la horca. A la vuelta de Compostela, los desconsolados padres encontraron vivo al ahorcado, por la intervención de Domingo. Buscaron al juez que era ateo y se disponía a comer, teniendo sobre la mesa una gallina y un gallo. Conocedor del asunto, solo pudo decir que «tan muerto está como estos dos animales». Pero resultó que, a la vista de todos, inmediatamente saltaron ¡vivos! la gallina y el gallo que hasta el momento estaban aderezados. Por eso se pinta a Domingo con gallo, gallina, una horca y, al lado, la soga

viernes, 5 de mayo de 2017

Santo Domingo Savio, patrono de los acólitos y monaguillos.

Santo Domingo Savio nació cerca de Turín el 1842. Sus padres, Carlos y Brígida, eran fieles cristianos, que procuraron buena educación para sus hijos. Era costumbre comulgar más tarde, pero Domingo fue admitido a los siete años dada su buena preparación. Entre los propósitos de aquel día figuran: "Mis amigos, Jesús y María. Antes morir que pecar". Y los cumplió.

A los doce años su padre se lo presentó a Don Bosco. - ¿Para qué puede servir esta tela?, preguntó Savio. - Para hacer un buen traje y regalárselo a Nuestro Señor. - Entendido. Pues yo soy la tela y usted el sastre: hagamos ese traje. Y de este modo entró Domingo en el colegio de Don Bosco, llamado "el Oratorio".

Oyó un día decir a Don Bosco: "Es voluntad de Dios que todos seamos santos. Es fácil hacerse santos, pues nunca falta la ayuda de Dios. Hay grandes premios para quien se". Y Domingo decidió hacerse santo. Don Bosco, su confesor y director, le enseñó que para ser santo no hacen falta grandes penitencias, sino cumplir la voluntad de Dios y servirle con alegría. Para ello es necesario sobrellevar con paciencia las molestias del prójimo, convertir en virtud lo que es necesidad, cumplir alegremente el propio deber y trabajar con ilusión por la salvación de las almas.

Domingo tenía su genio y sus arrebatos, pero aprendió a dominarlos. También pasó por la crisis de la edad. Don Bosco le repetía: "Constante alegría. Cumplimiento de los deberes sin desfallecer. Empeño en la piedad y el estudio. Participar en los recreos, que también pueden santificarse". Y tanto se esforzó éste pequeño apóstol que, según Don Bosco "Savio llevaba más almas al confesonario con sus recreos que los predicadores con sermones".

Era muy amante del canto. Tenía una voz hermosísima. El Papa Pío XII lo nombró patrono y modelo de los Pueri Cantores del mundo entero. Purificaba la intención: cantaba sólo para agradar a Dios. En la clase siempre estaba entre los primeros. También en esto quería dar ejemplo. Sabía que cada minuto de tiempo es un tesoro. Sabía que el tiempo es cielo.

Se desvivía por sus compañeros. Les aconsejaba, les corregía, les consolaba, les reconciliaba, como a dos que se habían desafiado "a muerte". Les socorría. A uno le dio sus guantes, aunque él tenía sabañones. No tenía respetos humanos. Era valiente en la profesión de la fe. No toleraba palabras malsonantes y menos blasfemias. Una vez sus compañeros tenían en sus manos una revista sucia. Se la arrebató y la rompió en mil pedazos.

Practicó una devoción tierna y profunda a la Virgen. A ella entregó su corazón. Vibró con emoción cuando en 1854 Pío IX definió el dogma de la Inmaculada Concepción. Su amor a Jesús Sacramentado era extraordinario. Apenas despertaba, su corazón volaba al sagrario. Le gustaba ayudar a Misa. Parecía un serafín cuando la ayudaba. Hacía frecuentes visitas "al Prisionero del altar". Otro de sus grandes amores era el amor al Papa. El Señor le premió estos amores con gracias y carismas muy especiales.

De repente se presentó una misteriosa enfermedad. Las causas pudieron ser el rápido crecimiento, el esfuerzo en el estudio -pues deseaba ser un santo y sabio sacerdote- y la tensión espiritual, en su afán por la salvación de las almas -otro de los amores de Don Bosco- especialmente en misiones.

Cuando se acercaba la muerte, abrió los ojos y dijo: "¡Qué cosas tan hermosas estoy viendo! ¡La Santísima Virgen viene a llevarme!" y así expiró. Era el 9 de marzo de 1857. Pío XII lo proclamó Santo el año 1954. Sus reliquias se veneran en la Basílica de María Auxiliadora en Turín.

jueves, 4 de mayo de 2017

CRISTO DE MEDINACELI

La venerada Imagen del Cristo de Medinaceli, en Madrid.

La veneración a la milagrosa Imagen de Jesús se remonta a la primera mitad del siglo XVII, cuando los capuchinos de Sevilla encargaron una talla de Jesús para Mármora, en el norte de África, de cuya capellanía se hacían cargo. La plaza cayó en poder de las tropas del rey de Fez, Muley Ismael.

Destruido el fortín, los españoles fueron tomados como rehenes con todas sus pertenencias, entre ellas la imagen de Jesús. Cuando se consiguió liberar a los cautivos, también se pagó por el Cristo. La estatua viajó a Ceuta, de allí a Sevilla y después a Madrid, dónde entró el 21 de agosto de 1682, precedida de una leyenda de hechos prodigiosos y milagros. La imagen se instaló en una capilla propiedad del duque de Medinaceli, bajo la custodia de los monjes trinitarios.

En el siglo XIX, durante la ocupación francesa de España, la talla sufrirá numerosos traslados: a la calle del Desengaño, luego a la de San Martín, después a la de San Sebastián y a distintas comunidades de monjas, hasta que regresó a su primitivo emplazamiento en la capilla del palacio. En agosto de 1927 comenzaron las obras de la basílica actual, que da a las calles Cervantes y Medinaceli, que terminaron en 1930.

No habían acabado sus vicisitudes, pues a punto estuvo la iglesia de ser quemada en 1936: se roció con gasolina, pero los fieles consiguieron impedir la destrucción. Durante la guerra, el templo sirvió de albergue de milicianos. En febrero de 1937, un batallón de Margarita Nelcken encontró en el sótano la imagen buscando tablones para hacer fuego, pero el capitán José Escudero impidió que la destruyeran, hizo salir de allí a las tropas y cerró la puerta con llave. Comunicó el hallazgo a su comandante, Juan Manuel Oliva, y éste a la Junta de Defensa, que mandaba el general Miaja. Comenzaba su ultimo periplo.

La estatua fue considerada como tesoro artístico y reparada de los desperfectos que en ella había hecho la humedad. Por orden de la Junta, el tesoro artístico se traslada a Valencia y tras pasar por los castillos de Figueras y Perelada prosigue su marcha a Francia y finalmente, el 12 de febrero de 1939, a Ginebra, quedando instalado en el palacio de la Sociedad de Naciones.

Terminada la guerra se gestionó el traslado de los tesoros artísticos. Los RR.PP. Capuchinos tenían noticia del paradero de la imagen y a Suiza viajó el padre Laureano, de noventa y siete años. La operación de vuelta fue un éxito. El 14 de mayo de 1939, Jesús Nazareno volvió a entrar triunfalmente en Madrid en medio del fervor popular.

Todos los primeros viernes de mes acuden al besapiés miles de creyente, pero sin duda el primer viernes de marzo es el más concurrido, ya que congrega a varios millones de fieles venidos no solo de Madrid y alrededores si no de toda España. El templo permanece abierto desde algo antes de la medianoche del viernes hasta poco después de la medianoche del sábado.

martes, 2 de mayo de 2017

ROTO


El símil que más se asemeja a mi situación es la típica televisión “que no está rota pero casualmente falla”. Me explico. Todos hemos tenido que, alguna vez en nuestra vida, darle una somera ostia a la televisión. ¿Por qué? Porque estábamos felices viendo ese programa que tanto nos gusta y de repente se fastidia la señal. Así que zasca, toma ostia. No se arregla, le damos otra. ¡Funciona! No hemos tenido que esperar a la tercera para vencer, a la segunda ya va. Aun que en realidad la televisión sigue rota, funciona. Eso es por qué, por dentro, algún cable o alguna de sus múltiples piezas, se ha movido. La tele se ve, pero está rota, con el golpe solo hemos hecho que lo que falla se arregle, momentáneamente, sabemos que volverá a fallar.

Soy una televisión rota. De vez en cuando fallo, me auto-ostio, y funciono. Pero sigo estando roto. En verano me suele suceder, la parte en la que merezco el golpe. Estar en el pueblo lejos de mis apoyos principales hace que mi estado de ánimo sea una montaña rusa, subo y bajo, mi familia me aguanta y se atraganta conmigo. Todo esto hace que la señal se vea mal, es esos momentos en que, por mucho que golpees, no va, la apagas y, a los días vuelve a funcionar.

¿Por qué estoy roto? ¿Cuál es la parte que falla de mí? No lo sé, y que intente evitar que los demás noten mi ruptura no me ayuda, pero soy así. Estoy roto y así seguiré hasta que me arregle de nuevo, momentáneamente. Hay algo mal en mí, quizás debería llamar a un técnico que me ayude a no volver a romperme nunca más y a no estar roto internamente, pero oye, a mi orgullo no le da la gana. Ya se me pasará, perdón por si me da por alejarme de la realidad estos días, cuando no funciono, la vida me da fatiga, y la fatiga es muy mal.

Fuente: Hablando de vivir.

QUICUMQUE

SÍMBOLO DE SAN ATANASIO, CONFESIÓN DE FE TRINITARIA.
El Símbolo Quicúmque (o Símbolo Atanasiano) es una profesión de fe (como el Credo de Nicea, el Credo de los Apóstoles y la Profesión del Concilio de Trento), que fue redactado por San Atanasio el Grande, Arzobispo de Alejandría. A pesar de no haber sido redactado por ningún concilio ecuménico, «de hecho, este símbolo alcanzó tanta autoridad en la Iglesia, tanto occidental como oriental, que entró en el uso litúrgico y ha de tenerse por verdadera definición de fe». Recibe el nombre de Quicúmque por la palabra con la que comienza.
Escrito en Latín, el Quicúmque es un resumen didáctico de la doctrina cristiana y se centra especialmente en el dogma de la Santísima Trinidad. Gozó de gran autoridad en la Iglesia Católica Romana (que llegó a ser citado en el Concilio de Florencia) y su uso se extendió rápidamente a todos los ritos de Occidente. Está preceptuado rezarlo (para cuantos tienen por devoción o están obligados a recitar el Divino Oficio) en la Hora prima del Oficio de los Domingos posteriores a Epifanía y Pentecostés, en especial en la Solemnidad de la Santísima Trinidad, como signo de adoración y alabanza a la Trinidad Beatísima, y como protesta perpetua contra los herejes que niegan o mutilan el Dogma de la Trinidad.
  
Santa Teresa de Ávila nos cuenta en su autobiografía cómo meditando este símbolo recibió gracias especiales para penetrar en este inefable misterio:
“Estando una vez rezando el Quicúmque vult -escribe la santa-, se me dio a entender la manera de cómo era un solo Dios y tres personas tan claramente, que yo me espanté y me consolé mucho. Hízome tan grandísimo provecho para conocer más la grandeza de Dios y sus maravillas…”

SÍMBOLO DE SAN ATANASIO (Quicúmque vult)
    
LATÍN y ESPAÑOL
   
† In nómine Patris, et Fílii, et Spíritus Sancti. Amen.
  
Antíphona: Glória tibi, Trínitas æquális, una Déitas, et ante ómnia sǽcula, et nunc, et in perpétuum. (T. P. Allelúja).
Quicúmque vult salvus esse, ante ómnia opus est, ut téneat Cathólicam fidem:
Quam nisi quisque íntegram inviolátamque serváverit, absque dúbio in ætérnum períbit. 
Fides autem Cathólica hæc est: ut unum Deum in Trinitáte, et Trinitátem in unitáte venerémur. 
Neque confundéntes persónas, neque substántiam separántes. 
Alia est enim persóna Patris, ália Fílii, ália Spíritus Sancti. 
Sed Patris, et Fílii, et Spíritus Sancti una est divínitas, æquális glória, coætérna majéstas. 
Qualis Pater, talis Fílius, talis Spíritus Sanctus. 
Increátus Pater, increátus Fílius, increátus Spíritus Sanctus. 
Imménsus Pater, imménsus Fílius, imménsus Spíritus Sanctus. 
Ætérnus Pater, ætérnus Fílius, ætérnus Spíritus Sanctus. 
Et tamen non tres ætérni, sed unus Ætérnus. 
Sicut non tres increáti, nec tres imménsi, sed unus Increátus et unus Imménsus. 
Simíliter omnípotens Pater, omnípotens Fílius, omnípotens Spíritus Sanctus. 
Et tamen non tres omnipoténtes, sed unus Omnípotens. 
Ita Deus Pater, Deus Fílius, Deus Spíritus Sanctus. 
Et tamen non tres Dii, sed unus est Deus. 
Ita Dóminus Pater, Dóminus Fílius, Dóminus Spíritus Sanctus. 
Et tamen non tres Dómini: sed unus est Dóminus. 
Quia, sicut singillátim unamquámque persónam Deum ac Dóminum confitéri Christiána veritáte compéllimur: ita tres Déos aut Dóminos dícere Cathólica religióne prohibémur. 
Pater a nullo est factus: nec creátus, nec génitus. 
Fílius a Patre solo est: non factus, nec creátus, sed génitus. 
Spíritus Sanctus a Patre et Fílio: non factus, nec creátus, nec génitus, sed procédens. 
Unus ergo Pater, non tres Patres: unus Fílius, non tres Fílii: unus Spíritus Sanctus, non tres Spíritus Sancti. 
Et in hac Trinitáte nihil prius aut postérius, nihil majus aut minus: sed totæ tres persónæ coætérnæ sibi sunt et coæquáles. 
Ita ut per ómnia, sicut jam supra díctum est, et únitas in Trinitáte, et Trínitas in unitáte veneránda sit. 
Qui vult ergo salvus esse, ita de Trinitáte séntiat. 
Sed necessárium est ad ætérnam salútem, ut Incarnatiónem quoque Dómini nostri Jesu Christi fidéliter credat. 
Est ergo fides recta ut credámus et confiteámur quia Dóminus noster Jesus Christus, Dei Fílius, Deus et homo est. 
Deus est ex substántia Patris ante sǽcula génitus: et homo est ex substántia matris in sǽculo natus. 
Perféctus Deus, perféctus homo: ex ánima rationáli et humána carne subsístens. 
Equális Patri secúndum divinitátem: minor Patre secúndum humanitátem. 
Qui, licet Deus sit et homo, non duo tamen, sed unus est Christus. 
Unus autem non conversióne divinitátis in carnem: sed assumptióne humanitátis in Deum. 
Unus omníno, non confusióne substántiæ: sed unitáte persónæ. 
Nam sicut ánima rationális et caro unus est homo: ita Deus et homo unus est Christus. 
Qui passus est pro salúte nostra: descéndit ad Ínferos: tértia die resurréxit a mórtuis. 
Ascéndit ad Cælos, sedet ad déxteram Dei Patris omnipoténtis: inde ventúrus est judicáre vivos et mórtuos. 
Ad cujus advéntum omnes hómines resúrgere habént cum corpóribus suis: et redditúri sunt de factis própriis ratiónem. 
Et qui bona egérunt, ibunt in vitam ætérnam: qui vero mala, in ígnem ætérnum. 
Hæc est fides Cathólica, quam nisi quisque fidéliter firmitérque credíderit, salvus esse non póterit.
    
Glória Patri, et Fílio, et Spirítui Sancto. Sicut erat in princípio, et nunc, et semper, et in sǽcula sæculórum. Amen. 
   

TRADUCCIÓN
   
† En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
   
Antífona. Gloria a ti, Trinidad igual, única Deidad, antes de los siglos, y ahora, y siempre. (T. P. Aleluya).
Todo el que quiera salvarse, es preciso ante todo que profese la Fe Católica:
Pues quien no la observe integra y sin tacha, sin duda alguna perecerá eternamente. 
Y ésta es la Fe Católica: que veneremos a un solo Dios en la Trinidad santísima y a la Trinidad en la unidad. 
Sin confundir las personas, ni separar la sustancia. 
Porque una es la persona del Padre, otra la del Hijo y otra la del Espíritu Santo. 
Pero el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son una sola divinidad, les corresponde igual gloria y majestad eterna. 
Cual es el Padre, tal es el Hijo, tal el Espíritu Santo. 
Increado el Padre, increado el Hijo, increado el Espíritu Santo. 
Inmenso el Padre, inmenso el Hijo, inmenso el Espíritu Santo. 
Eterno el Padre, eterno el Hijo, eterno el Espíritu Santo. 
Y, sin embargo, no son tres eternos, sino un solo Eterno. 
De la misma manera, no tres increados, ni tres inmensos, sino un Increado y un Inmenso. 
Igualmente, omnipotente el Padre, omnipotente el Hijo, omnipotente el Espíritu Santo. 
Y, sin embargo, no tres omnipotentes, sino un Omnipotente. 
Del mismo modo, el Padre es Dios, el Hijo es Dios, el Espíritu Santo es Dios. 
Y, sin embargo, no son tres Dioses, sino un solo Dios. 
Así, el Padre es Señor, el Hijo es Señor, el Espíritu Santo es Señor. 
Y, sin embargo, no son tres Señores, sino un solo Señor. 
Porque así como la verdad cristiana nos obliga a creer que cada Persona es Dios y Señor, la religión Católica nos prohíbe que hablemos de tres Dioses o Señores. 
El Padre no ha sido hecho por nadie, ni creado, ni engendrado. 
El Hijo procede solamente del Padre, no hecho, ni creado, sino engendrado. 
El Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, no hecho, ni creado, ni engendrado, sino procedente. 
Por tanto hay un solo Padre, no tres Padres; un Hijo, no tres Hijos; un Espíritu Santo, no tres Espíritus Santos. 
Y en esta Trinidad nada hay anterior o posterior, nada mayor o menor: pues las tres personas son coeternas e iguales entre sí. 
De tal manera que, como ya se ha dicho antes, hemos de venerar la unidad en la Trinidad y la Trinidad en la unidad. 
Por tanto, quien quiera salvarse, es necesario que crea estas cosas sobre la Trinidad. 
Pero para alcanzar la salvación eterna es preciso también creer firmemente en la encarnación de nuestro Señor Jesucristo. 
La fe verdadera consiste en que creamos y confesemos que nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, es Dios y Hombre. 
Es Dios, engendrado de la misma sustancia que el Padre, antes del tiempo; y hombre, engendrado de la sustancia de su Madre santísima en el tiempo. 
Perfecto Dios y perfecto hombre: que subsiste con alma racional y carne humana. 
Es igual al Padre según la divinidad; menor que el Padre según la humanidad. 
El cual, aunque es Dios y hombre, no son dos Cristos, sino un solo Cristo. 
Uno, no por conversión de la divinidad en cuerpo, sino por asunción de la humanidad en Dios. 
Uno absolutamente, no por confusión de sustancia, sino en la unidad de la persona. 
Pues como el alma racional y el cuerpo forman un hombre; así, Cristo es uno, siendo Dios y hombre. 
Que padeció por nuestra salvación: descendió a los Infiernos y al tercer día resucitó de entre los muertos. 
Subió a los Cielos y está sentado a la diestra de Dios Padre todopoderoso: desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos. 
Y cuando venga, todos los hombres resucitarán con sus cuerpos, y cada uno rendirá cuentas de sus propios hechos. 
Y los que hicieron el bien gozarán de vida eterna, pero los que hicieron el mal irán al fuego eterno. 
Esta es la Fe Católica, y quien no la crea fiel y firmemente no se podrá salvar.
    
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.